Goliat en el suelo

Alicia Álamo Bartolomé.-

En estos días pasados, la lectura del Viejo Testamento, en la misa, recayó en el capítulo 17 del primer libro de Samuel. Es un episodio muy conocido: el momento en que el jovencito, rubio y buen mozo David, vence al gigante y arrogante filisteo, Goliat, con el certero tiro de piedra en su frente, lanzado con una simple honda. Es el triunfo de la fe ante el odio fiero y prepotente. El joven no tenía ni siquiera una espada, ni un escudo. El rey Saúl quiso proporcionarle vestimenta adecuada para el combate, pero David, hasta hacía poco pastor, acostumbrado a ropas ligeras, la libertad y el aire del campo, se sintió atado, torpe, vestido de armadura e implementos bélicos, se quitó todo y desnudo se enfrentó al filisteo.

Así lo inmortaliza y se inmortaliza Miguel Ángel Buonarroti con quizá la más grandiosa de sus esculturas, ahora sí, David un gigante, pero de mármol, uno de los más preciosos tesoros que guarda la ciudad de Florencia. Allí el genial cincel del artista arrancó del bloque en bruto del fino mineral, la más perfecta concepción de belleza corporal en el desnudo masculino; logrando al mismo tiempo, en visión inmóvil, un juego de armoniosos movimientos al captar el instante en que David se prepara para su triunfal acción inmediata. Miguel Ángel, creyente, lo hace gigante por la fe del joven en su Dios que le daría su victoria.

El futuro, segundo y gran rey de Israel quiso ir a la lucha desnudo, pero revestido con la imbatible coraza de su fe. Así las almas que desean remontar las cumbres espirituales tienen que desvestirse de su apego a las criaturas, desprenderse de todo lo que pesa y ata, para poder desplegar sus alas y alcanzar las alturas. Pero empobrecerse de posesiones no es sólo un camino para quienes pretenden esas cumbres, lo es también para los que buscan ideales de realización humana y material. A menudo cargamos demasiado el equipaje para emprender un proyecto, como si el que fuera pescar en la orilla se proveyera de todo un equipo para pesca submarina. En general y es un mal de la sociedad actual, tenemos más de lo que necesitamos. Mientras menos objetos tengamos, menos temores de pérdida nos preocuparán. Es una regla de oro para la felicidad.

En la actividad política, sería muy conveniente que los lideres empezaran a practicar un nudismo de ambiciones. Es necesario y saludable que haya personas dedicadas a la política, con capacidad y formación para ejercerla con toda la verdad y grandeza de su misión: tomar las riendas de un país para llevarlo al desarrollo y bienestar de sus ciudadanos. Se es político para servir, no para ser servido, aunque mucho se toman el asunto al revés. De ahí viene todo el malestar y desgracia de los pueblos, sometidos a regímenes totalitarios y explotadores, que pisotean la dignidad de las personas al someterlas a abusos e injusticias, en una negación sostenida de los derechos humanos. Lo estamos viviendo, por desgracia, no sólo en nuestro país, sino en muchos lugares del planeta.

Apabullados por el gigantismo de Goliat -llámese éste fuerzas armadas, grupos paramilitares, colectivos, invasión extranjera o narcotraficantes- nos desalentamos, ya no queremos dar la pelea y criticamos a que los sí la están dando por nosotros. ¡Si al menos nos quedáramos callados! Pero no, hay un afán de destruirnos dentro de nosotros mismos.

Basta de tanto antivalor. Seamos uno en la arena política para llegar a lo que queremos. Dejemos atrás el desabrido sabor de la derrota anticipada. Sin darnos cuenta, veremos un pequeño David que anda por allí con la honda y el guijarro escondidos en las manos, como el de Miguel Ángel. Y de pronto, Goliat estará en el suelo. Eso sí, nadie le cortará la cabeza. Son otros tiempo. Simplemente será encaminado al tribunal de La Haya.

*Alicia Álamo de Bartolomé fue decana fundadora de la Universidad Monteávila

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