En blanco y negro

Felipe González Roa.-

 

Tal vez muchos de los que lean estas líneas habrán sentido alegría por la defenestración de Evo Morales como presidente de Bolivia. Quizá otros observen con recelo el pacto recientemente alcanzado por el PSOE y Podemos para intentar formar gobierno en España.

Algunos probablemente cuestionan las protestas contra el presidente de Chile, Sebastián Piñera, pero aplauden las manifestaciones que exigen la salida del mandatario nicaragüense, Daniel Ortega; hay gente que reprocha a la sociedad argentina por haber llevado a Alberto Fernández a la Casa Rosada y al mismo tiempo consideran un avance en la región la elección de Jair Bolsonaro en Brasil.

La lista puede ser todavía más larga. Son muchos los ejemplos que se pueden citar acerca de la posición que, en este caso, desde Venezuela se fija frente a los vaivenes de la política latinoamericana y mundial.

Naturalmente nada impide que alguien se contente por la caída de Morales o esté preocupado por el abrazo de Sánchez e Iglesias; que se enfaden por las movilizaciones contra Piñera, pero saluden las acciones contra Ortega; que detesten lo que significa el peronismo-kirchnerismo pero acojan con entusiasmo las propuestas del mandatario brasileño.

Incluso revierta los planteamientos, eso no es lo importante en este momento. Puede lamentar la salida de Morales, bailar por el pacto de la izquierda española, animar las protestas en Chile, criticar los movimientos en Nicaragua, brindar por el regreso de la K, repudiar lo que pasa en Brasil…. Da igual…

Faltaría más: la gente puede sentirse como guste y expresar las emociones que desee, incluso puede ofrecer los alegatos que juzgue convenientes para defender sus puntos de vista. Terrible será la hora cuando ni siquiera se pueda decir lo que se piense.

Pero no se debe jamás olvidar que una cosa es tener el derecho a opinar libremente y otra la responsabilidad que se contrae al hacerlo. Y es justo en este momento donde surge un problema: fijar posición (incluso hacerlo con total convencimiento) sin llegar a profundizar en la comprensión de los argumentos o, peor aún, cuando se incurre en una excesiva simplificación del problema.

Lamentablemente hoy, en nuestro país, muchos se han acostumbrado a ver en blanco y negro, sin distinguir matices. Precisamente es en la escala de grises en la que se puede hallar la explicación de las situaciones que pueden ocurrir en el mundo, pero cuando solo se desea encontrar respuestas que únicamente encajen con esquemas auto-inducidos es imposible percibir la foto completa.

Hoy es esta visión maniquea y hasta egocentrista la que empuja a evaluar en clave venezolana absolutamente todo lo que pasa en el planeta:

_ “Cayó Evo Morales… ¡Qué bueno, un comunista menos” …

_ “Hay protestas contra Piñera… ¡Los pueblos se alzan contra el neoliberalismo!” …

Usted, desocupado lector, puede defender una u otra idea, pero es importante entender que tal como están planteadas, sin un análisis previo y sin la adecuada comprensión del entorno y de la situación que, en este ejemplo, rodea ambos conflictos, únicamente se está incurriendo en un reduccionismo ramplón que, además, solo desnuda anhelos y deseos.

¿Es acaso todo izquierdismo un sinónimo de chavismo? ¿Toda propuesta de libre mercado implica arrodillarse a los intereses de Estados Unidos? ¿Los que apoyan a Maduro son apologistas del comunismo? ¿Los que respaldan a Guaidó son cachorros del imperio?

Bajo esta premisa se pueden hacer aseveraciones temerarias y hasta irresponsables, como tildar a Putin de comunista o a Almagro de agente de la CIA.

Las relaciones humanas son complejas, el entramado social es sumamente difícil de comprender: la política, por lo tanto, también lo es. Por esto resulta incomprensible el empeño de muchos por simplificar realidades que, por sí, son complicadas. El reduccionismo, fatuo y vacío, solo produce ceguera o, en el mejor de los casos, una miopía embrutecedora.

Bien sea por cándida ignorancia o por malvada manipulación, el resultado es el mismo: así no es imposible entender qué es lo que realmente ocurre.

Ver en blanco y negro es un grave problema para toda persona, para el conjunto de toda la sociedad, pero especialmente es inquietante cuando esa visión es expresada por universitarios, quienes deberían estar llamados a formar e impulsar ideas que conduzcan al conocimiento y al saber. La reflexión inteligente, obviamente, no se alcanzará jamás con un pensamiento simplón, acomodaticio, superficial y, además, sumamente aburrido.

*Felipe González Roa es director de la Escuela de Comunicación Social de la Universidad Monteávila

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