«No hubo dictadura que frenara nuestras ansias de crecer»

Discurso del licenciado Félix Allueva, integrante de la XVI Promoción de la Universidad Monteávila.

Ilustrísimo Rector Doctor Francisco Febres Cordero Carrillo; Presidente Honorario Delegado del Consejo Superior, Presbítero Doctor Ignacio Rodríguez Mayz; miembros del Consejo Superior, autoridades de Consejo Universitario, profesores, graduandos, señoras y señores. Cinco años, ¿en cinco minutos?

Félix Allueva.-

En una clase de Realidad y Conocimiento, en primer año, el profesor Francisco Blanco nos comentó, a modo de reflexión, cómo fue su trayecto de la casa a la universidad. Dijo haberse sentido en “piloto automático”, y recién a mitad de camino haber caído en cuenta. A veces el día a día nos induce la monotonía y perdemos de vista los detalles de la vida. Hoy no es un día para estar en “piloto automático”, hoy es un día para experimentar conscientemente este momento. No cometamos el error de no saber identificar los “grandes momentos”, no salgamos a jugar esta final sin saber que estamos jugando una.

Hace cinco años no nos conocíamos. No nos conocíamos entre nosotros, y jurábamos conocernos a cabalidad a nosotros mismos. Con el pasar de los años fuimos encontrando nuestro lugar: aparecieron personas que, poco a poco, fueron cambiando nuestra vida, y cambiamos en nuestra vida para conocernos un poco mejor a nosotros mismos. Algunos podríamos no volvernos a ver; otros nos veremos esporádicamente, pero unos cuantos no podrán salir jamás de nuestras vidas. Ese es quizás el tesoro más preciado que nos dio la Universidad Monteávila. Gracias a la universidad muchos encontramos a quienes serán nuestros mejores amigos de por vida, y gracias a la universidad hoy podemos conocernos un poquito mejor a nosotros mismos.

Seguramente, muchos habrán reflexionado a lo largo de estos años sobre qué es la vida. Yo creo que la vida es lo que nos pasó en la universidad, es lo que está sucediendo ahorita y es lo que nos seguirá pasando. Suena obvio pero es más profundo. Llegué a la conclusión de que la vida no se vive si no hay amor. Por eso, cuando digo que en la universidad he vivido, es porque en la universidad he aprendido a amar. Y tengo el presentimiento de que no soy el único que lo ha hecho. Pero, no me refiero al amor “instrumentalizado”, al que apunta más a uno mismo que al otro.

Aprendimos que eso no es amor de verdad. Me refiero, más bien, al deseo genuino de ver al otro realizarse. Hablo de estar ahí sin importar las condiciones; de no esperar nada a cambio; de entregarse al otro. Para explicarlo mejor: No es (por ejemplo) decirle a mi mamá que la amo (Te amo mamá) solo porque cocine bien y esperando que al decirle eso me prepare la comida. Es decirle a mi mamá que la amo (mamá, Te amo) aunque no me haya preparado el desayuno esta mañana. Es amarla porque honestamente deseo el bien para ella, y no solo lo deseo, sino que actúo en consecuencia para ayudarla en su camino hacia el bien.

En la universidad, cada quien experimentó a su manera ese amor: en las clases, en los pasillos, en la cervezada de primer año, en las amistades, en los saludos de Isa cuando entras en el radar de Chefas, en la cervezada de segundo año, en el maratón que tenías que hacer al salir de una clase del aula 14 para ir a la próxima clase en aula 21, en la cervezada de tercer año, en la serenidad de Naudy mientras te comían los nervios segundos antes de salir al aire en radio, en la cervezada de cuarto año o en la de quinto. Sin embargo, creo que el mejor ejemplo de ese amor del que les hablo se refleja en el hecho de que hoy pueda pararme en nombre de Victoria Coto, en paz descanse. Una compañera que no tuve el placer de conocer pero que por su trayectoria en la universidad hoy siento cercana a mí. Victoria, probablemente, estaría dando el discurso en nombre de nosotros.

Y me he preguntado: ¿cómo es posible que sienta tan cercana a una persona que no conocí? Bueno, he ahí la magia de la Universidad Monteávila. Ustedes y yo sabemos cuál es esa magia. Pero un buen mago nunca revela sus secretos.

Además, el nuestro fue un amor en tiempos de guerra. Hoy consumamos una gran hazaña. Logramos graduarnos pese la crisis económica, política, social y humanitaria del país. No hubo funcionarios de la DGCIM ni ceros hiperinflacionarios que nos hicieran dejar de ir a estudiar. No hubo dictadura que frenara nuestras ansias de crecer, de formarnos. Espero que sepan bien que lo que nosotros hicimos (todos nosotros) fue histórico; por lo tanto, lo que hagamos de ahora en adelante no puede dejar de serlo. Esta vez no vale botar el balón para perder tiempo y ganar el partido. ¡No hay tiempo que perder!

Busqué todas las palabras para tratar de describir este momento, traté de vivir por adelantado para encontrar la palabra adecuada. ¿Felicidad? Evidentemente. Pero hay algo más, un sentimiento que no sé cómo expresar… aunque creo que todos saben muy bien de lo que hablo.

Hoy nos toca cerrar un ciclo. Sinceramente espero que recuerden estas palabras porque, como dijo el profesor Gabriel Gutiérrez en una de sus frases expropiadas, en la clase de literatura de segundo año: “recordar es volver a pasar por el corazón”, y eso fue lo que hice al escribir este discurso. Es desde mi corazón que han salido estas palabras, es de los recuerdos que guardo con ustedes que he sacado la inspiración.

Muchas Gracias.

 

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