¿Resignación?

Alicia Álamo de Bartolomé.-

En tono menor

Dijo Honoré de Balzac: La resignación es un suicidio cotidiano. Suscribo la frase porque nunca me gustó esa palabra, tiene una dulzona connotación negativa. Hablan de resignación cristiana, pero me parece mejor decir aceptación cristiana. El resignarse es conformarse tristemente con una realidad adversa; aceptar es una bienvenida serena a la adversidad. Es tonta una locución común cuando se da un pésame: Ten mucha resignación. ¿Qué puede significar ésta para un padre que ha perdido un hijo? Suena vacía, estúpida, es mejor callar y abrazar, cuando más, decir una sola palabra: Contigo. El deudo siente el consuelo de la amistad que acompaña.

No se le puede recomendar resignación a quien sufre un dolor profundo, lacerante, de ver morir a manos de los desalmados esbirros de un régimen inicuo al ser querido, joven y alegre, que participaba en una manifestación legítima y pacífica clamando por la libertad. No, ése no puede retirarse a un rincón a llorar su pena. Ese doliente tiene que transformar ésta en un nuevo aliento de lucha para alcanzar el anhelo por el que el otro murió. Los resignados nunca han construido ni reconstruido una nación, eso es sólo obra de quienes secan sus lágrimas sin olvidar su causa, pero precisamente en ésta encuentran nuevos y pujantes bríos para seguir adelante. Venezuela necesita hoy más que nunca de estos valientes.

Son criminales, dignos de un severo juicio de la historia, quienes se dedican por las redes sociales a sembrar desaliento, rencores y dudas sobre los líderes en acción. Es la forma más mezquina de tirar la piedra y esconder la mano. Salva la pantallita del teléfono inteligente -inteligencia que dudo- del enfrentamiento directo con la victima de la maledicencia. Excelente servicio le hacen al gobierno ilegítimo que tiene 20 años asolando y amargando al país; son sus mercenarios.

Estamos en la hora no de la negativa resignación sino de la perseverancia.

Lo venezolanos padecemos de lo contrario: todo lo queremos ya y ahora. Con ese modo de ser jamás podremos construir algo semejante a una catedral gótica, ni en sentido real ni imaginario. Piedra a piedra, finamente tallada de antemano, con gran esmero aun aquellas que no podrían ser vistas sino de los pájaros y Dios. Siglo a siglo, generaciones de arquitectos y artesanos anónimos embarcados en la aventura de desafiar la gravedad con un material pesado y duro que sólo el tesón, animado por un ideal, pudo convertir en ojiva y encaje. Baste citar, como ejemplo inmortal, la catedral de Colonia, aquello es una ascensión total y absoluta de la piedra para tocar el cielo. Bajo la penumbra de sus naves, traspasadas por la leve luz coloreada de lo vitrales, el hombre no tiene más remedio que caer con su cuerpo de rodillas y disparar su alma en oración hacia la altura.

Cómo quisiera yo que los venezolanos tuviéramos la fuerza espiritual del hombre del medioevo para batallar, sin solución de continuidad, por nuestra ansias de libertad, justicia, democracia y paz. Pero ante una dificultad o un aparente fracaso, ya estamos dispuestos a colgar la toalla. Si los héroes de nuestra independencia se hubiera comportado así, ni nación independiente tendríamos. Afortunadamente en esa época no había redes sociales para destruir la esperanza. Había sólo voluntad de triunfar.

Estoy convencida de que los líderes entregados a su ideal, honestos y tenaces, no fracasan. Fracasan los pueblos frívolos y veletas que no los siguen, que abandonan el camino ante la primera cuesta arriba. Si un pueblo desiste de su misión por abulia, pereza, falta de perseverancia y emoción, no hay adalid que logre conducirlo a la victoria.

Ante nuestra oscura e incierta realidad de hoy, cuál es la actitud que debemos tomar, ¿resignación? Nunca, jamás… ¡acción y pasión!

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