Baño de lejía

Alicia Álamo Bartolomé.-

En tono menor

La lejía es un fluido corrosivo y transparente de olor muy fuerte, formado por una disolución de álcalis o sales alcalinas, que se emplea para blanquear la ropa y desinfectar. Se le denomina también hipoclorito sódico o cloro y, aunque no son exactamente lo mismo, por ahí van: son activos desinfectantes y blanqueadores. Estos datos más o menos los saqué de Internet porque tengo mucho interés en las aplicaciones de la lejía, cloro o como se le quiera llamar, porque según los países se le denomina con diversos nombres; por ejempo, en Argentina se le llama  lavandina y en otras partes, agua jane.

De pequeña recuerdo el lavandero de mi casa en El Paraíso, con dos bateas y un fogón; en el patio, un par de gradas más abajo, un embostadero enorme, con la ropa blanca enjabonada, azulillo diluido y olor a lejía;  el brillante sol del trópico hacía el resto. Ese blanco esplendoroso resultante no se ha vuelto a ver más: las lavadores y secadoras eléctricas no pueden lograrlo.

¿Y el fogón para qué? Primero diré que funcionaba con carbón. Sobre su parrilla se ponía una de las grandes latas donde venía la manteca que una vez vacías se usaban para hervir la ropa. Como ven, el proceso de desinfección y blanqueo era bastante completo. En este fogón o en un anafe que se situaba allí mismo, también sobre el carbón ardiente, se colocaban las planchas de hierro, cuyas bases tenían que limpiarse muy bien para alisar la ropa.

De allí viene el dicho caliente como plancha de chino, porque estos buenos trabajadores asiáticos eran los grandes especialista en el perfecto planchado de la ropa blanca, sobre todo de la masculina: camisas de cuello y puños almidonados y liqui-liquis. Hoy la plancha eléctrica ha reemplazado aquellas humildes planchitas que, cosas del destino, han pasado a ser antigüedades de adorno en elegantes salas.

Me he ido por las ramas -como siempre- antes de entrar en mi materia de hoy, la lejía, porque el recuerdo de su característico olor me remontó al pasado. Este líquido corrosivo o sus semejantes, es muy importante en nuestra actualidad nacional: hay mucho que desinfectar y blanquear. Empezando por nosotros mismos.

Estamos demasiados infectados y enmohecidos de mala política. Quien más quien menos, está salpicado de resentimientos, retaliaciones, odio. Todo eso es negativo, destructivo y hay que quitárselo de encima. Con alarma, a más de uno de mi nivel cultural y social, he oído expresarse con un ojalá esos desgraciados mueran torturados o un que se pudran en el infierno. No, el odio destruye, así no podremos reconstruir el país, sólo la caridad y el perdón construyen.

Ojo: hablo de un perdón personal, no de uno cívico u oficial, eso no, deben ser juzgados. Esta caterva de individuos que por 20 años han destruido el país, ignorado los derechos humanos y la justicia, han de ser presentados ante ésta, una vez depurados los tribunales legítimos de esa costra de iniquidad que los ahoga. Lejía con el poder judicial, amén del otro poder también envilecido. Desde 2015 hemos salvado el legislativo y, la tal constituyente, con la cual han querido reemplazarlo, no necesita lejía, sino desaparición absoluta del  mapa, como el actual CNE.

¡Ah! Pero donde el baño de lejía deber ser profuso, intenso y prolongado hasta que recobren su esplendor de gloria, hoy olvidada bajo la capa degradante de  un tratamiento ignominioso, es sobre la memoria e imagen de nuestro Libertador. Simón Bolívar como hombre, como héroe, como figura en la iconografía(1), en la moneda, tiene que resurgir, librarse de esa podredumbre y volver a ser como fue, ¡Como es!

(1) El retrato de nuestro héroe que hizo hacer el ilegítimo difunto e imponerlo como oficial, me parece que se lo podemos regalar a México, pues con todo el respeto y admiración que me merece este personaje, se parece mucho más a Benito Juárez que a Simón Bolívar.

*Alicia Álamo Bartolomé es Decana fundadora de la Universidad Monteávila

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