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Noticias In Memoriam del Dr. Pérez Olivares
 
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In Memoriam del Dr. Pérez Olivares

08 Jul, 2013

En este primer aniversario de su fallecimiento en la ciudad de Caracas, encomendamos a Dios el eterno descanso de nuestro buen amigo Enrique Pérez Olivares, a la par que evocamos con agradecimiento su vida y su figura.

Es bien conocida su trayectoria humana y cristiana: el trabajo eficaz e ilusionado en el ámbito jurídico y político, la promoción artística y cultural, la fundación e inicio de la Universidad Monteávila  en Caracas. Enrique fue siempre buen amigo de todos y de cada uno de quienes se cruzaron en su camino, sin óbice de las legítimas discrepancias en el terreno de las ideas y de la conducta. Vale la pena poner hoy de relieve, de un modo especial su vivencia de la amistad, que él mismo expresara en sus palabras de Apertura del primer año lectivo de la citada Universidad en noviembre del año 1999, palabras que trascienden la circunstancia concreta para expresar todo un talante de vida.

Señalaba en esta ocasión la búsqueda del saber, de la verdad, que propicia el ejercicio de una auténtica amistad: “Originar y desarrollar esta comunidad es tarea permanente que nos lleva a establecer unas relaciones interpersonales signadas por el trabajo esforzado y conjunto, ordenado hacia la meta común: el saber, y vivificadas por el amor de amistad, es decir, de benevolencia, que comporta querer el bien del amigo, además de querer bien al amigo”.

A continuación  desglosaba el significado de su aseveración: “Querer el bien del amigo es, en última instancia, desear activamente su bienaventuranza para siempre. Es contribuir con el esfuerzo que él hace para llevar a plenitud las potencialidades que su condición de criatura humana comporta. Es acompañarlo en esa tarea, poniendo en común el resultado que se logra durante esta vida en el conocimiento de la verdad; en la búsqueda y práctica del bien; en el hallazgo de la belleza; en la permanente tensión para lograr la unidad de vida en torno a estos trascendentales del ser; en el conocimiento, sistemático y profundo de las principales manifestaciones de la cultura, mediante la reflexión, el estudio, la connaturalidad, la intuición; es estar junto a él en la experimentación y en la contemplación. En un interrogar y responder incesante, atentos a la realidad”. Se trata de bienes comunes y compartidos, cuya prosecución une noblemente el esfuerzo de unos y de otros.

Además el querer se refiere a las personas mismas, no se detiene en determinadas tareas o logros, tal como él mismo decía: “Querer bien al amigo es reconocerle siempre, conceptual y prácticamente en su eminente dignidad de persona humana. Aceptar integral y respetuosamente el misterio que somos cada uno de los hombres, particularmente en el despliegue de nuestra llamada a la trascendencia, en la cual finalmente, unidad, verdad, bien y belleza son encontrados y amados como Alguien de cuya vida participamos y con cuyo Amor nos amamos unos a los otros. Es disfrutar de la convivencia en la que nace y crece el afecto que deriva del conocerse y servirse mutuamente, del compartir ideales, bienes y valores espirituales, del animarse en el empeño por encarnar en la vida diaria la buena nueva revelada”.

En este contexto se encuadra la tarea de un verdadero maestro, como se trasluce de su propia experiencia: “Surgirá a partir del clima de amistad que hemos esbozado antes, como la más respetuosa y profunda relación de afecto y de servicio del  profesor y de la institución en su conjunto hacia el joven que se integra a ella en procura de más pleno desarrollo”.

La multiplicidad de actividades viene aunada por un empeño de fondo, con palabras que, en este caso, reflejan bien la vida de Enrique Pérez Olivares: “Transcurrirá en primer término mediante la presentación humilde de la vida misma del docente: de su esfuerzo siempre renovado por adquirir la verdad y por convertirla en vida propia. Continuará por la transmisión comprensible, sistemática y profunda del saber disponible en las distintas disciplinas. Se plasmará en el acompañamiento y facilitación del proceso de interiorización de los saberes en el alma del alumno. Le exigirá trabajo esforzado y riguroso, reflexión seria y profunda, atención despierta hacia la realidad, disposición a compartir con generosidad el fruto de su esfuerzo. Estimulará en él el despertar del amor a la sabiduría y su arraigamiento como eje en torno al cual podrá construir su propia vida. Le descubrirá que la sabiduría es el más perfecto fruto del amor al Creador y a la creación, y que no existe si no fecunda todas sus acciones internas y externas, si no se vuelca en servicio de los demás. Procurará que experimente personalmente ese encuentro con la Verdad. Le acompañará con respetuoso silencio en la oración y quizás también en la contemplación: momento sublime en que los signos y los textos callan ante la presencia del Ser Increado y de sus manifestaciones”.

Enrique Pérez Olivares se movió siempre en el ámbito  del humanismo cristiano: “Hemos adoptado el humanismo cristiano como nuestro pensamiento inspirador y guía. Su luz nos permite reconocer la totalidad de la realidad del hombre y por tanto nos impulsa a superar los múltiples reduccionismos con los que en el tránsito de nuestra marcha en la historia intentamos espuriamente aquietar nuestra insaciable ansia de verdad”.

Hombre de cultura y de fe  entendió que en el humanismo cristiano confluyen armónicamente las luces de la fe y de la razón: “A partir de este pensamiento reconocemos que las personas tenemos una existencia recibida irrevocablemente, fruto de la composición de un acto de generación y un acto de creación, que es un acto de amor del Creador a cada ser humano. Que somos llamados a realizarnos en las dimensiones de la historia, la sociedad, la cultura, y que estamos abiertos a la trascendencia. Somos conscientes de nuestra naturaleza perturbada, capaces de privar del bien debido a nuestras acciones. Sabemos que hemos sido rescatados y elevados a alturas que están más allá de nuestra simple condición humana”.

Su actitud fue siempre a la vez amable e inequívoca, con una identidad sin ambigüedades: “creo que nuestra contribución consiste en la afirmación de nuestra identidad cultural de raíz cristiana, en asumirla sin prejuicios y sin actitud vergonzante, en reconocer que es a partir de la mejor tradición que los hombres podemos avanzar siendo lo que somos, de un modo diferente”.

Recordamos y encomendamos a Dios a nuestro amigo Enrique Pérez Olivares. La amistad verdadera apunta siempre hacia la trascendencia. Jesús nos llamó amigos, y nos ofrece su amistad aquí en la tierra y por toda la eternidad.  Hacia allá nos encaminamos. Porque “son bienaventurados los muertos que mueren en el Señor. Dice el Espíritu: que descansen de sus trabajos, porque sus obras les acompañan”.

Amén.

                                                                                       

(RMB. Homilía en la iglesia del Padre Claret. Maracaibo, 3 de julio de 2013)

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