La ancianidad es un lujo

Alicia ílamo Bartolomé.-

Estamos acostumbrados a ver y hablar de los ancianos como personas muy disminuidas, desplazadas de la vida activa, bastante olvidadas y muchas veces en gran desamparo y soledad, por lo tanto, dignas de compasión.

Es verdad, ese es el panorama, el estado mundial de esta cuarta edad, sobre todo en los últimos siglos. No olvidemos que en la Antigí¼edad muchas sociedades consideraban a los viejos sede de la sabidurí­a y la experiencia, por eso los colocaban como grupo importante en sus organismo de gobierno, tales, los consejos de ancianos y el origen del senado en los congresos. No habí­a autoridad ni asamblea de decisiones polí­ticas sin la presencia de ellos.

Esta situación ha variado en la historia, ahora los ancianos están siendo desplazados a ciudadanos de segunda categorí­a. Sólo la figura del abuelo sigue siendo importante en algunos paí­ses y sociedades, tiene su puesto en el hogar como ayudante a la crianza de los niños, con la función muy necesaria de mitigar, con sus mimos y consentimientos, a lo mejor los excesos de rigor de una educación paterna.

A los padres les toca educar, al abuelo consentir al nieto, ser su confidente. Es un equilibrio para el desarrollo de la personalidad del niño.

Sin embargo, hay sociedades que han prescindido de este papel primordial de los abuelos, los han sacado del hogar, dejados solos en una casa, una habitación alquilada o encerrados en asilos y cuántas veces olvidados.

Tal la sociedad de los Estados Unidos. Allí­ el abuelo estorba, es arrumbado. Lo viví­ hace muchos años en Brookline, suburbio de Boston, donde estuve unos meses con una hermana y su familia.

Salí­a a pasear con los niños y enseguida se me acercaba un viejo solitario buscándome conversación  a propósito de los muchachitos, a pesar de mi escaso conocimiento del inglés, se le notaba el ansia de compañí­a y ternura.

Alguien me dijo que de haber salido con un perro o mascota, me hubiera sucedido lo mismo. Como en la canción de Pizzolante, el pobre anciano gringo sólo necesitaba un motivo.

Hay la soledad de los ancianos en los palacios de los ricos. Sus hijos ocupados en trabajos y distracciones, no los sacan de allí­, tienen mucho espacio y servidumbre, pero están muy lejos de ser centros de atención.

Languidecen en la soledad de sus habitaciones y quedan solos con el servicio cuando sus familiares se van de viaje en fechas que deberí­an ser de unión hogareña, como la Navidad. ¡Ah qué sola soledad!, como dirí­a Santa Teresa.

Porque hay varios tipos de soledades, unas, por desgracia, acompañadas. Son las peores, porque es la incomunicación entre los seres humanos. Sucede entre parejas matrimoniales, están juntos, pero qué lejos uno del otro. Otras son caprichosas.

Ancianos que han tenido muchos hijos y éstos están pendientes de ellos, los llaman todos los dí­as, los visitan, mas el anciano se queja de soledad. A una prima mí­a le sucedí­a: sólo querí­a el imposible de que todos sus hijos estuvieran siempre alrededor.

Otra soledad es la del complejo de ví­ctima: mamá nunca estuvo sola, dos de sus hijas solteras vivimos con ella hasta su muerte, pero se quejaba de una soledad tal, que pasaba meses sin hablar con nadie.

Algún crédulo se escandalizaba, nos juzgaba mal. Eso pasa cuando se ha sido centro de atención y aplauso. Aprendí­ y me ha servido de mucho.

No me agobia la soledad. El tiempo nos va dejando de lado, pero no me afecta. Domésticamente estoy muy bien atendida. Dos sobrinos se ocupan de todos mis asuntos. En mayo van a hacer dos años de la muerte de mi hermana Berenice, la que me queda vive en Estados Unidos. No hay ningún familiar conmigo en casa, sólo la empleada. Mis compañeros son Dios, mi fantasí­a y mi trabajo intelectual.

Me preocupa lo costosa que salgo. Poseo pocos pero propios y suficientes recursos económicos por trabajo y por herencia, vivo sobriamente bien, pero me parece un desperdicio gastar tanta pólvora en un zamuro tan próximo a elevar vuelo hacia la eternidad.

Entenderí­a que me aplicaran la eutanasia, aunque está reservada sólo para Dios. Ando millonaria: sólo un par de cremas y un jabón para comenzar a combatir un molesto prurito, me han untado encima 85 millones de bolí­vares. Más todos los demás capí­tulos higiénicos y de mantenimiento.

Conclusión: un anciano es un lujo. Gócelo quien pueda.

*Alicia ílamo Bartolomé es decana fundadora de la Universidad Monteávila

3 comentarios en “La ancianidad es un lujo

  1. HOLA ALICIA,
    MUY BUENO TU ARTICULO, DE ACUERDO EN TODO … EXCEPTO EN TUS PROPIAS PALABRAS : pero me parece un desperdicio gastar tanta pólvora en un zamuro tan próximo a elevar vuelo hacia la eternidad.
    ES UN TREMENDO ZAMURO, ADMIRABLE Y TIENE TIEMPO PARA ESCRIBIR, INVENTAR CURSOS ….. ADMIRABLE TU CONSTANCIA Y TU EXTRAORDINARIA Y ENVIDIABLE MEMORIA.
    YO , NO LA TENGO TAN BUENA!!!
    Zulay

  2. Excelente los artículos de mi querida Prof. Alicia Álamo Bartolomé, impecable su escritura. La Prof Alicia es un ejemplo de sencillez, Fe y humildad

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