La belleza del lenguaje

Alicia Álamo Bartolomé.-

En tono menor

Los que hablan en público porque dan clases, charlas, conferencias; los que escriben porque son comunicadores sociales, escritores; los dirigentes políticos o empresariales, los científicos, en fin, todos aquellos que tienen una audiencia en torno suyo, son responsables del lenguaje. Parecen no darse cuenta de esta trascendental responsabilidad. Lo digo por lo que oigo y leo: un constante empleo de expresivas -y valga la redundancia- expresiones soeces.

Comprendo que es más fácil y expresivo decir me di un c…, que un tremendo porrazo; me formó un p…, que un zaperoco; estoy j…, que  atribulado, desesperado. Lo comprendo pero no lo apruebo en el tipo de personas que he descrito antes. Para mí son ellas las que tienen que velar por el lenguaje y enseñar a cuidarlo a sus oyentes, a sus discípulos. Pueden comunicar muchos conocimientos porque son intelectuales preparados, pero no enseñan con el ejemplo, no son maestros ni formadores integrales, más bien deforman con lo feo que sale de sus labios.

Será porque estoy muy vieja. No pertenezco a esta generación ni a la anterior ni…, quizás sea decimonónica, lo cierto es que en las aulas de la escuela primaria, del bachillerato, de la universidad, en mis compañeros del trabajo profesional, jamás oí una palabra fuera de tono. Es más, trabajé tabique de por medio con un conocido ingeniero que irónicamente llamaban pico de oro por su florido lenguaje vulgar, oía sus conversaciones y cuando alguien me preguntó si lo escuchaba en su especialidad, contesté: Nunca, le levantaría una calumnia. Ante el asombro del otro, agregué: Será que tiene dos idioma, uno con los hombres y otro ante las mujeres.

Porque era así, había un respeto absoluto por las damas -no sé si es que ahora no las hay- hasta del pueblo humilde. Un día, siendo muy joven, caminaba por la acera frente al Mercado Central de Caracas, los camioneros bajaban su mercancía, conversaban desenfadadamente y uno advirtió: ¡Cuidado! Viene una señorita. ¡Qué tiempos aquellos, como las golondrinas de Gustavo Adolfo Becquer…, no volverán! Hoy, una joven universitaria lanza, en un minuto, más ajos que sus compañeros varones.

Hace pocos años asistí a un foro en una prestigiosa universidad de Caracas. Formaba parte de éste –siendo el mayor de los panelistas- un eminente profesor allí, académico de la lengua, incluso alguna vez presidente de nuestra academia correspondiente, pero cuando tomó la palabra me dejó estupefacta: hizo gala de un lenguaje tan soez, o más, que el de los jóvenes que carecen de vocabulario y suplen esta carencia con muletillas groseras. Me hizo recordar a un muchacho del elenco de La Atlántida de Levy Rossell, a quien después de un ensayo llevé, con otros,  a sus casas; dijo tantas malas palabras que comenté: En 10 minutos te he oído más groserías que en toda mi vida. El chico, muy sorprendido y apenado, repetía: ¿Qué dije, qué dije…?  Y esa es la diferencia, él no sabía lo que decía, en cambio el académico lo sabía perfectamente.

Para la reciente conmemoración de un aniversario más de este periódico digital, se convocó a escuchar la opinión de distinguidos comunicadores sociales en torno al tema ¿El periodismo venezolano está en crisis?, con excelentes resultados porque los ponentes fueron brillantes. Sin embargo, tengo que lamentar, de algunos de ellos, el uso de unas pocas palabras inapropiadas. Claro, hicieron gracia en el público, pero no es eso lo que se busca en un acto patrocinado por una facultad universitaria de las ciencias de la comunicación e información; se debe buscar siempre la excelencia en la enseñanza y buena parte de ésta, es el buen decir, el cuidado del idioma, más de uno tan bello, completo y rico como el nuestro. Hay suficientes sinónimos en español como para expresarse siempre bien, con novedad y estilo, sin necesidad de recurrir a chabacanerías.

Si algunos tienen la obligación de enseñar, defender y fomentar la corrección de nuestra lengua, somos los comunicadores sociales, más ante una audiencia de futuros colegas. Mal comunicadores seremos si no somos capaces de respetar la pureza y la belleza del lenguaje.

*Alicia Álamo de Bartolomé es Decana fundadora de la Universidad Monteávila

 

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