Postales de Praga | Manipulador y manipulados

Felipe González Roa

“Seducir es poseer, dominar, arrastrar la voluntad de alguien”. Foto: Gran Hermandad Blanca

La manipulación es el vehículo que usualmente utiliza la mentira para propagarse entre una sociedad y generar perniciosos efectos de los cuales difícilmente se logra una total recuperación.

En el libro La manipulación del hombre a través del lenguaje el catedrático español Alfonso López Quintás identifica la figura del manipulador con la del seductor: ambos utilizan recursos que son dados al enamoramiento pero que en realidad pretende intereses muy distintos a los del amor. Más allá del goce personal hay poco en juego para los mentirosos.

“Seducir es poseer, dominar, arrastrar la voluntad de alguien como si fuera un objeto”, señala el autor.

El manipulador es egoísta, ya que nunca piensa en sus semejantes. Su comodidad y provecho es lo único que está en su mente, y no se preocupa si incluso tiene que destruir vidas ajenas a cambio de su disfrute (por lo general banal y no trascendente).

López Quintás recalca que el principal objetivo de un manipulador es vencer el pensamiento de los demás, sin preocuparse por convencerlos. “Si me convences de algo con razones no me dominas, no te elevas sobre mí y me humillas; ambos quedamos unidos bajo la luz de la verdad. Aceptar una razón porque la veo como válida no me empequeñece y rebaja; al contrario, me dignifica ya que perfecciono mi conocimiento de la realidad. En cambio, si me adhiero a lo que dices sin tener razones para ello me veo reducido a una condición gregaria, entro en el grupo de quienes no piensan ni deciden por su cuenta sino actúan al dictado de otros”, sostiene.

Pero más allá de las condiciones innatas de todo manipulador, el arte de la mentira requiere ser perfeccionado, refinado, para no despertar sospechas. Por eso el manipulador debe ser capaz de sobreponerse a los reveses y mostrarse firme incluso en los episodios más desventurados. La paciencia y la constancia son cualidades que debe cultivar todo aquel que desee hacer uso de la mentira para alcanzar sus intereses.

Aun cuando trate de “vencer” a un grupo reducido de personas o a toda la población de un país, los manipuladores comparten características comunes, como intenso carisma con magistral uso de los recursos de la comunicación, los cuales puede llevar hasta niveles dramáticos. Experto en oratoria, es capaz de tocar las emociones de su auditorio a través de palabras cargadas de significados grandilocuentes y a la vez vacíos. Con un total dominio del escenario logra hacer conexión inmediata con todo aquel que lo escucha, que lo cree entender y apoyar.

Una vez más, el manipulador actúa como el seductor. “El seductor halaga con engaños para provocar una adhesión irresistible. Cuando una mujer se le entrega, no crea con ella una relación amorosa estable; la abandona pronto incompasivamente y la somete a la frustración de verse burlada. Si alguien se interpone para evitar ese escarnio, el seductor no duda en resolver la situación con el manejo expeditivo de su espada”, ahonda López Quintás.

Sin embargo, no cualquier persona puede manipular a otra, o al menos tener éxito en sus intenciones. Para eso necesita ejercer una posición de dominio, bien sea económico, político, intelectual o psicológico, y disponer de los medios adecuados para difundir eficazmente su mensaje.

“Con solo conocer tales recursos y manejarlos hábilmente, una persona poco preparada, pero astuta, puede dominar fácilmente a personas y pueblos enteros si estos no están sobre aviso. El manejo estratégico del lenguaje opera de modo automático sobre la mente, la voluntad y el sentimiento de las personas antes de que entre en juego su poder de reflexión crítica”, señala el catedrático.

López Quintás deja en claro quién manipula y por qué manipula. Sin embargo, un elemento que debe ser estudiado con detenimiento es a quién manipula. No hay corruptor sin corrompido.

No hay duda, y el autor bien lo señala en su libro, que el mentiroso apela a recursos engañosos para dominar los sentimientos de los demás y busca alejarse de todo pensamiento reflexivo e inteligente. Pero precisamente por eso es necesario que los ciudadanos (y la población en general) alcance cotas de conocimiento que les permita manejar sus pensamientos y sentimientos sin ser indebidamente influenciados por malas voluntades.

López Quintás asegura que el manipulador, consciente de que la reflexión ayuda a ver con claridad el panorama, actúa con rapidez para no dar tiempo a pensar. Ese es el motivo por el cual nunca debemos dejarnos llevar por el vértigo.

“Al no poder profundizar en una cuestión el hombre está predispuesto a dejarse arrastrar. Es un árbol sin raíces que lo lleva cualquier viento, sobre todo si éste sopla a favor de las propias tendencias elementales. Para facilitar su labor de arrastre y seducción el manipulador halaga las tendencias innatas de la gente y ciega en lo posible su sentido crítico”, apunta el escritor.

Los primeros estudiosos modernos sobre la comunicación, que dieron sus primeros pasos acorde con el nacimiento y evolución de los medios masivos de información, sostenían que bastaba con emitir un mensaje para que llegara íntegro al receptor. Eran los tiempos de la infalible bala mágica.

Si los mensajes se propagaran (y se asimilaran) con tal facilidad los ciudadanos hubiesen sido presa fácil de los manipuladores. Afortunadamente la comunicación no tiene un comportamiento tan lineal, y, como lo demostraron posteriores investigadores (Melvin DeFleur, Wilbur Schramm), hay muchos factores que influyen, entre ellos el contexto social y psicológico en el que se desenvuelve el emisor y el receptor.

Por eso todos debemos preocuparnos por alzar la mirada y no limitarnos simplemente en la visión del árbol. Hay que observar con detenimiento sobre todo al bosque. Buscar diversas fuentes de información para no quedarnos solo con una visión sobre el tema, y analizar todos los mensajes que recibimos desde una perspectiva crítica y reflexiva, aquella que nos permitirá asimilar lo que nos parece interesante y desechar lo superfluo. Y, especialmente, los intentos de manipulación.

Bien lo dice López Quintás cuando advierte que no debemos caer en la trampa, ya que, de lo contrario “dejaremos de pensar con rigor y vivir creativamente, y quedaremos inermes frente a las insidias de los manipuladores”.

*Felipe González Roa es director de la Escuela de Comunicación Social de la Universidad Monteávila

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