La Superestructura | 03 Juicio

Francisco Blanco.-

¡Yo digo uno… Yo digo dos… Yo digo tres… Yo digo pa pa pa pa pa pa pa pa pa pa! Y comenzó el frenético rockandrollskapunkcaribereaggae de Mano Negra en aquel concierto en el Poliedro de Caracas. La gente enloquecía, retumba el suelo, cantaba de memoria todas las canciones en inglés, gallego y francés. Brincaban con el King Kong five y alucinaban con el Patchanka style, era un momento increíble donde lo esperado se hacía realidad y donde el espíritu de la juventud vivía entre todos y entre ellos, yo. Parado ahí respondiendo a destajo en decibel  “nada pana, no pasa nada” cuando Manu decía “qué pasa por la calleee?”.

Aquel fue un concierto gratis, de una banda que se caracteriza por criticar al capitalismo, a las políticas  imperialistas norteamericanas y se burla de la multiculturalidad que vivimos desde hace un par de generaciones atrás, así como de la opresión policial y las injerencias de los monstruos corporativos en las comunidades del tercer mundo.

Aquel concierto fue gratis… para mí, pero seguramente por más críticos del sistema y anticapitalistas que fueran, la banda cobró y muy probablemente con estándares internacionales…  cosa que parece algo contradictorio, aquellos que se dedican a juzgar, poco a poco se convierten en eso que critican.

El acto de juzgar es muy sencillo. El acto de juzgar es muy complejo. Juzgar, filosóficamente hablando, es una moneda de dos caras, por un lado es muy simple y por el otro es una operación intelectiva que nos obliga a transver lo otro y de la misma manera, comprendernos a nosotros.

El lado fácil de juzgar es el simple señalamiento, el reconocer las características accidentales de lo otro (las cosas), ver que algo tiene una forma y un color determinado es sumamente sencillo, lo puedes ver a tu alrededor en este momento cuando subas los ojos de estas líneas y veas lo que sea que tengas cerca, diferenciando las cosas de la realidad en sus clasificaciones accidentales… vamos, levanta los ojos.

El lado difícil de juzgar es cuando te das cuenta que en nuestra realidad no solo hay cosas, hay personas, con las que por naturaleza consustancial estamos en relación constante con ellas. El juicio entendido así, nos invita a comprender la relación lógica entre las realidades que unimos de manera psíquica (de primera mano). Por lo que para emitir juicios certeros y que se parezcan a la verdad, debemos conocer de manera amplia el mundo, comprender a profundidad al otro y sobre todo, asumir que no tenemos la verdad, que por el contrario la vamos descubriendo.

Juzgar de manera fácil al otro, es cosificarlo. Es irrespetar su dignidad personal, por eso hay que pensar antes de emitir juicios, como dice Wittgenstein: “si no sabes, mejor quédate callado” y no emitas juicio alguno, porque juzgar sin base es convertirte en lo que críticas y eso es caer en una pérdida de credibilidad que le resta un valor tremendo a tu actividad humana.

Caer en esta pérdida es muy sencillo, lo único que hace falta es soberbia. Caer es la pérdida de credibilidad por hacer juicios de valor y vivir con esas falsas verdades es tan sencillo como contar uno… dos… tres.

*Francisco J. Blanco es profesor de la Universidad Monteávila

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